Animales inesperados
Qué me enseñó Instagram sobre la ternura.
Instagram es un lugar que habito, mientras ocupo un espacio físico en otra parte, en donde tengo el cuerpo.
Reviso Instagram en un bar, en un banco de plaza, en el baño, durante una película. Es la acción menos consciente de mi día y me inserta en un espiral de contenido que no elijo y que, muchas veces, no me interesa ver. Pero me quedo.
Aunque haya seleccionado con precisión a quién regalar el botón “seguir”, las reglas del algoritmo me sacuden para todos lados y me dejan flotando, como una pluma, en un remolino de cuentas y reels.
Y entonces, sucede lo mágico: no importa lo que haga, en algún momento, va a aparecer un video de perritos. Y si freno el scrolling frenético y el dedo pulgar queda suspendido en el aire, mientras una sonrisa se me dibuja en la cara, puede que, segundos después, más perros pueblen la pantalla del celular.
Mi clara preferencia son los perros bóxer, Instagram lo sabe muy bien. Hace ya casi un año, rescatamos un mestizo 90% bóxer, desnutrido y abandonado, que corría por una ruta durante una noche de tormenta. Hoy es Río, el rey que duerme al costado de nuestra cama y que nos cambió la vida.
Tener un clon de boxer en casa me regaló una devoción declarada hacia esta raza de mofletes prominentes y saltos casi olímpicos.
Una tarde de mucho agotamiento mental, abrí Instagram y me sumergí un largo rato en anestesiantes reels de videos de perros bóxer. A partir de ese día, mi cuenta nunca volvió a ser la misma. Ahora, hay un frío porcentaje de caninos calculados para irrumpir en los pixeles de mi pantalla, no importa lo que haga.
Esa tarde, descubrí varias cosas. Algunas, más obvias que otras, Por supuesto, corroboré que las redes sociales buscan alimentar mis necesidades detectadas en la interacción, para poblar mi cerebro de estímulos similares. El objetivo es, siempre, tenerme ahí, el mayor tiempo posible. También descubrí, por ejemplo, que ver cachorros de perros bóxer aprendiendo a caminar a los tumbos, imaginando cómo habrán sido esos primeros meses de vida de Río, era muy reconfortante.
Lo que no sabía, lo que fue un hallazgo, fue la casual conexión con la ternura. Los videos de perritos fueron gestando un propio multiverso que, pronto, fue visitado por más animales que también se dormían abrazados o pedían que los acariciaran. Animales no domésticos, inesperados. Entonces, supe que dos lechuzas podían mimarse en la rama de un árbol, como si fueran dos humanos enamorados. O que las vacas podían correr para atrapar una pelota de fútbol y revolcarse en el pasto por pura expresión de felicidad, como si fueran cachorros.
Instagram, en su eterna búsqueda de atrapar mi atención, de tejer la telaraña para hacerme consumir su ejército de branding, había desbloqueado un nuevo nivel de ternura en mi entendimiento. Criaturas de todo tipo, a las que no habría llegado a ver en documentales tradicionales, me acercaban una cara de la naturaleza desconocida, potente y llena de belleza.
Hoy, mi Instagram sigue siendo una batalla invisible entre contenidos de cuentas que decido seguir y reels caprichosos del algoritmo omnipotente que apelan a mi devoción por la ternura escondida.
Y mientras el celular me alerta con métricas sobre el tiempo de mi día que se me escurre en esa red social, una parte de mi, menos racional y más expansiva, me recuerda, como quien recibe la luz de un faro, que en todas las partes de este mundo nos puede estar esperando la belleza.




Precioso!!
Desde el arranque: "Instagram es un lugar que habito, mientras ocupo un espacio físico en otra parte, en donde tengo el cuerpo.", cuan importante y cuan poco concientizado tenemos esto.
Y me encantó el devenir en el registro de expansión de la ternura, poder integrar cierto rechazo a la red social, a los mecanismos en los que nos vemos inmersos de manera inconsciente o poco voluntaria, con la belleza que también puede aparecer y puede nutrirnos desde ahí. Muy bonito.
Gracias por compartir, muy lindo leerte :)